No amarte sería un crimen.

No amarte sería un crimen“, fue la última palabra que escribió en el cuaderno de notas, ese borrador aún impreciso de lo que sería su próximo libro. Era noche avanzada de verano, con un calor asfixiante que no le dejaba dormir, por lo que se había levantado, se había servido una copa de absolut con limón y había imaginado y soñado con los ojos abiertos. Su agente llevaba meses pidiéndole una buena historia y últimamente parecía que estaba perdiendo la paciencia con su pasividad creativa. No le culpaba. Era innato a la naturaleza humana perder la paciencia cuando se vislumbran nubarrones en un futuro no muy lejano, y ciertamente, su economía empezaba a resentirse tras varios años en el limbo de los escritores que un día fueron algo. Ya es hora de darle algo nuevo a la vida, coño, pensó.

Tras varias horas ante el cuaderno y ocho copas de absolut se encontró frente a su nuevo mundo, y de repente le vino a la cabeza aquella película de la Hammer en la que Peter Cushing se enfrentaba a unos horrendos crímenes perpetrados por una angelical criatura que en el pasado había sido maltratada por la vida. “Y Frankenstein creó a la mujer“, se llamaba aquella obra maestra. Apuró el último trago de su copa y releyó el texto que había escrito: La historia era simple, pero en aquel momento la historia era lo que menos le importaba. Se detuvo en la descripción de aquel personaje secundario sin el que la existencia del protagonista – un confiado niño de papá que acababa matando por el expreso deseo de unos ojos bonitos – no tendría sentido alguno. Se deleitó en la descripción perfecta de aquella mujer, repitiendo en su cabeza cada párrafo una y otra vez, y entonces, cuando llegó al final, se sintió satisfecho.

Aquella criatura que sólo existía en su papel y en su mente era lo que siempre había querido en la vida real. Alguien por quien matar, por quien mereciera la pena ir a la cárcel o sufrir los tormentos del infierno. Él era ese nuevo Frankenstein que había creado a su propia viuda negra a su imagen y semejanza. Enfermizo, pensó. Ojalá hubiese tenido una figura de carne y hueso a la que dotar de eternidad, crear un ser así a partir de un personaje real. Y entonces se hundió en un pozo de vacío interior. Demasiados meses borracho y encerrado en su casa huyendo del mundo exterior, buscando la inspiración en el lugar equivocado, para darse cuenta que lo único que le quedaba en la vida era esa intensa relación con los personajes de sus propias historias, todos ellos creados a su imagen y semejanza, nacidos de los bajos intintos que había en su interior pero que él jamás sería capaz de explotar en el mundo real, como aquella mujer que desde el papel le miraba turbadora y le guiñaba un ojo.

Menuda puta mierda de vida he acabado viviendo, pero desde luego hay que reconocer algo innegable cuando te miro, pensó el cansado escritor mentras miraba aquel animal tan bello y letal que se contoneaba en su imaginación: No amarte sería un crimen.

1 Comentario(s)

  1. JO-DER. Cada día flipo más contigo.


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